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Relatos

Despertar

Había sido una noche lluviosa, el amanecer era gris y nuboso. El confortable calor de la cama no invitaba a levantarse automáticamente como hacía otras veces. Miró y remiró repetidamente a través de los cristales del ventanal de su alcoba, pero el día perezoso como ella, no terminaba de despertar.

El imaginar la humeante taza de café fue lo que finalmente le animó a dejar aquel acogedor refugio aquella mañana, pero no se vistió. Se ajustó la gruesa bata de cálida franela, se preparó el café y como cada día se sentó en su butaca frente al ventanal, desde el cual admiraba hipnótica cada mañana, al despertar, la pequeña montaña.

Era un pequeño pico de apenas unos 400m de altura, solitario, sin formar parte de ninguna cadena de montañas ni de ninguna cordillera. Situado entre el Mediterráneo y la Sierra Calderona, pero sin formar parte de nada. Era como un hijo ilegitimo con los rasgos de sus dos progenitores, pero sin pertenecer a ninguna de las dos familias. Posiblemente por eso se llamaba ‘El pico borde’.

Su mente aquel amanecer era como la bruma que envolvía la montaña, tratando de abrirse paso entre capas y capas de espesos vapores. Cualquiera que la conociera pensaría que esa era su hora de oración o de meditación, pero ella nunca oraba, nunca meditaba, nadie le había enseñado nunca a hacerlo. Conocía muchas oraciones, había asistido a clases de meditación, pero nunca había experimentado la supuesta paz y claridad que quienes la impartían aseguraban que proporcionaba.

A ella la paz y la claridad se la impartía la pereza. Los días que como aquel que, al despertar, todo parecía ralentizarse, donde parecía que las verdades flotaban y jugaban a dejarse ver y esconderse de entre los vapores de su mente.

Al llevarse la taza de café a los labios, se fijó en sus manos. Eran como habían sido las de su padre, llenas de pequeñas manchas oscuras, con demasiada piel a través de la cual se podía seguir todo el recorrido de sus venas. Unas manos llenas de articulaciones, algunas de las cuales ya no funcionaban. Se habían quedado secas doblando sus dedos, dándoles la apariencia de garras. Aun así se sintió maravillada y agradecida por todo lo que aquellas manos, fruto de una ingeniería maravillosa, le habían proporcionado. De repente fue consciente de todo su cuerpo de todo lo que era capaz de hacer y sentir a través de él.

Era un milagro. En ella estaban presentes todos los rasgos de su madre y de su padre, pero era un ser nuevo. Algo parecido a cuando cocinas un bizcocho, formado a través de muchas sustancias como la harina, aceite, huevos, leche, azúcar, levadura, pero que finalmente era algo que tenía la sustancia de aquello de lo que estaba formada, pero era algo nuevo.

Sabía que ser mujer se lo debía a su padre. El sexo siempre lo trasmiten los padres. Trató de imaginar su vida desde antes de ser un esperma propiamente dicho, desde que fuera una célula germinativa primordial. Cuantos cambios, cuantas mutaciones había sufrido hasta llegar a mezclarse con el óvulo que le conferiría finalmente todos sus rasgos.

Trató de imaginar todos los procesos que se habían producido dentro de su madre, hasta formar el óvulo. Serviría no solo de recipiente, sino que aportaría tanto material como el que había aportado el espermatozoide para crear la criatura que finalmente era, después de cambios y cambios. Según algunos expertos, cada siete años renovábamos todas y cada una de nuestras células. Después de tantos procesos, ahora era la viejita que admiraba los milagros que producían la llamada vida material y que, por los años y el deterioro sufrido, sabía que a tal vida no le quedaba mucho camino. No iba a despertar junto a su montaña muchas más veces.

No obstante, se sentía ilusionada. Conocía muchas religiones, pero a todas les encontraba fallas, ninguna de ellas la satisfacía, hasta que llegó a la conclusión de que solo eran un grupo de preceptos para encajar en tal o cual grupo, y que lo único que producían era separación, y la creencia en todos de que estaban por encima de los otros.

Pero ella, impresionada y embelesada por el milagro de la existencia física, sabía que la existencia era algo más. Al igual que siendo espermatozoide había tenido que dejar atrás su cola y otras partes de su ser, vez tras vez, sabía que ahora en algún momento de su presente dejaría su vida física. No sabía qué nuevas existencias la esperaban. Rio para sus adentros al recordar a su amiga, en un día de conversación sobre religión, que dijo:

– Ya será chasco si toda la vida estoy creyendo en Jesús y cuando llegue al cielo me encuentro con Buda.

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No, ella no creía ni en cielos ni en infiernos. Sabía que esas expresiones eran metáforas para tratar de comprender que todo lo que hacemos tiene consecuencias. Sabía también que ahora se estaba preparando para otra prueba, para otro despertar, para otra carrera como cuando era espermatozoide y, como entonces, no podía tener consciencia de cuál sería su destino. Fuera el que fuera, estaba segura que estaría lleno de maravillas y milagros, como los que eran su vida física.

Tomo otro sorbo de café, miró a la montaña “Pico borde” y se sintió plena. Minutos después dejó la taza del café vacía en la pila y emprendió sus tareas del día.


Gracias por tu atención


* Relato basado en hechos reales

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