hombres y mujeres
Reflexiones,  Vivencias personales

Los hombres y mujeres que vienen

Ahora que ya estamos bien adentrados en el siglo XXI es hora de que vayamos entendiendo los nuevos roles de la sociedad de cara al papel de la mujer, pues si bien es cierto que hoy en día la mujer está más reconocida que nunca, en teoría, en muchos estadios de la sociedad, en la práctica, la realidad deja mucho que desear. Aún existe mucho retrógrado sobre la faz de la tierra y aún se discrimina mucho la educación entre hombres y mujeres, y no me refiero a conocimientos académicos, sino más bien a la práctica en la vida cotidiana. Las mujeres aún son objetos de deseo y se las educa para que se casen, y a ser posible con un buen partido -entiéndase como buen partido lo que cada familia valore, que sea trabajador, o que sea rico- llevando el grueso del peso doméstico.

Objetos de deseo

Años atrás en mi país primaba un eslogan para definir como debía de ser una mujer perfecta, rezaba poco más o menos así:

“La mujer tiene que ser, trabajadora en la casa, señora en la calle y amante en la cama”

Parafraseado el refrán así, para decirlo finamente, pues un poco más atrás en el tiempo nuestro genial Lope de Vega lo decía así en “La bella malmaridada”:

De aquesta manera:

Será dama en la ventana,

y en el estrado, señora;

en el aldea, aldeana,

y en el campo, labradora,

y en la mesa, cortesana.

En la calle, mucho  amor;

en la iglesia, cuanto pueda. Devoción con el Señor.

En la cama… esto se queda para el discreto lector.

Lope de Vega “La malmaridada”

Los puntos suspensivos

Con estos puntos suspensivos, Lope de Vega deja al lector que imagine como quiere que sea en ese aspecto la mujer, ni que decir tiene que para la mayoría de los lectores lo que nombraban no era nada fino.

Es decir, según reza la composición de nuestro bien querido Lope de Vega, en “La bella mal maridada”, las mujeres tienen que ser unas actrices dispuestas a interpretar en cada momento lo que se supone que es propio, para los que la malmaridan. Es decir, tienen que comportarse, como les parece justo, a los maridos que no saben satisfacer a sus bellas esposas.

Así pues, aunque algunos lectores podrían llegar a la conclusión de que las esposas en la cama teníamos que ser… Otros con más discernimiento, entendían a través de este escrito que eran los maridos quienes querían aparentar y que eran ellos los que fallaban.

Un rol de siglos

Claro está, con tales antecedentes en la educación, y puesto que durante muchísimos siglos la mujer carecía de todo derecho, incluso el de recibir la herencia de sus padres (puesto que si estaba casada, pasaba a ser patrimonio del esposo), no es de extrañar pues, que algunos humanos eduquen como si el hombre tuviera supremacía sobre la mujer.

Esta forma de educación a hombres y mujeres ha propiciado las conductas incorrectas tanto de ellos como de ellas. Los hombres tratando a las mujeres como si fueran de su propiedad y las mujeres exhibiéndose, como si fueran una mercancía que se ofrece.

La nueva educación

Es por eso que a pesar que ya estamos muy adentrados en el siglo XXI, cuesta que muchos acepten una nueva educación, donde hombres y mujeres vivan unidos en fraternidad y no rivalicen en cuanto a poder y supremacía, cada cual acepta el papel del otro sin rivalidad ni opresiones.

Las generaciones que vienen

hombre y mujeres

El pasado invierno acompañé a algunos de mis nietos al centro polideportivo donde entrenan, y después de su entrenamiento quisieron quedarse a jugar un rato. Les preguntaron a algunos jóvenes, como de unos 15 años, que tenían un balón, si podían jugar con ellos y también se agregaron al juego un grupo de cuatro chicas. Me encantó verlos jugar al fútbol sin ninguna discriminación. Eran un grupo formado por jóvenes de 15 años, niños de 8 años y unas cuantas chicas, de más o menos entre 12 y 14 años. Además, dicho sea de paso, una de ellas hacía muy buen fútbol, corría y chutaba con una fuerza, que viéndola minutos antes con su larga cola de caballo, no me lo hubiese imaginado.

Me sentí dichosa, orgullosa de aquella juventud. Allí no había ni chicos, ni chicas, ni grandes, ni pequeños, allí había seres humanos disfrutando de la vida.

Me pregunté qué había de diferente entre estos jóvenes y esos otros que se dice que crean problemas, acosan, arman botellones y ese largo etc.. , y yo misma me respondí “la educación y el ejemplo de sus progenitores”.

El ejemplo de los progenitores

Cierto, siempre volvemos a lo mismo, los progenitores, los educadores, las autoridades, y en sí, toda la sociedad adulta, somos los responsables del comportamiento de nuestros jóvenes, en todos los aspectos. Especialmente, en el que nos ocupa hoy, como es la educación en igualdad entre hombres y mujeres. No es fácil, porque lo tenemos arraigado desde hace siglos y ante alguna situación reaccionamos según nos han educado.

Ejemplo

En mi casa solemos reunirnos casi todos los domingos parte de la familia. Estamos los abuelos, los hijos con sus respectivos cónyuges y los nietos, algunos ya con sus respectivas parejas.

El número de las mujeres siempre es más numeroso que el de los hombres.

En esta región de España, la comida por excelencia los domingos es la paella y por regla general son los hombres quien la guisan. En mi casa mi esposo o mi yerno.

Las mujeres nos encargamos de poner la mesa, servir los platos, de los postres, el café, etc. De forma natural, a los jovencitos les enseñamos que cada cual recoja sus platos, sus cubiertos y sus vasos, al finalizar la comida propiamente dicha.

Todo parece muy democrático y transcurre de manera natural, porque aquí es la costumbre. Hasta que… uno de los hombres, normalmente algún yerno, se pone a fregar los cacharros. Entonces, y normalmente lo hacen las abuelas, nos sentimos inquietas, hasta alguna vez se nos ha escapado decir:

Quita hombre, tantas mujeres aquí ¿y tienes que fregar tú?

¿Os dais cuenta? Las mujeres nos quejamos de que nuestro trabajo no termina a ninguna hora, que da lo mismo que sea domingo o martes, pues nuestros quehaceres son de todos los días sin ninguna excepción, y de pronto, cuando un hombre se pone hacer el friegue, nos sentimos inquietas.

Y es que una educación de siglos no se borra por el simple hecho de decir “hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y obligaciones”.

Se corrige cuando comenzamos a educar a todos por igual.

Ejemplo 2

Un compañero que tuve en un trabajo, se quejaba diciendo:

– Yo era el único varón en mi casa, tenía tres hermanas y nunca aprendí a hacer nada en la casa, ellas me preparaban hasta el desayuno. Ahora soy un inútil que no sé hacer nada, y siempre tengo a mi esposa malhumorada, y cuando ella enferma no sé cómo actuar.

Mi compañero de trabajo era un buen hombre, y muy productivo en su trabajo, pero ante los quehaceres que tradicionalmente han sido potestad de las mujeres, se bloquea y no sabe reaccionar.

Evitemos la dependencia

Edúcalos autosuficientes a los dos

Estos ejemplos que os he contado muestran lo importante que es que criemos hijos e hijas independientes, capaces de mantenerse tanto económicamente, como de organizarse en su casa, y que, cuando decidan formar una familia con un cónyuge, no sea porque necesite al otro para que le solucione la vida, sino porque quieran compartir su tiempo y sus emociones con el otro.

¿Somos iguales en todo?

Pues no, no somos iguales, somos muy diferentes. Ya al momento de nacer, los niños lo hacen con más peso, son más grandes, suelen tener más sangre, y son más fuertes, tendencia que se mantiene durante toda la vida, aunque siempre hay excepciones. En cambio, las chicas maduran antes, tienen más neuronas en algunas partes del cerebro, son capaces de distinguir más colores y… la joya de la corona: engendran hijos y los amamantan.

Entonces, ¿quién tiene que ser el jefe en la familia? ¿O no tiene que haber jefe?

¿Quién tiene la autoridad?

Pues la autoridad dependerá de las habilidades de cada uno y siempre actuando en consenso, y os voy a explicar aquí un ejemplo que usé para un manual que estaba escribiendo.

Imaginemos un trasatlántico (puedes imaginar también una empresa, una fábrica, un ayuntamiento, etc.). El caso es que debe haber un responsable que en última instancia tiene que tomar las decisiones. En el caso del trasatlántico es el capitán el responsable de todo el funcionamiento del barco. Dirige, coordina y controla todas las actividades que se realizan a bordo, siendo responsable de la seguridad del buque, tripulación, cargamento, navegación y organización del trabajo.

Pero después en cada departamento hay un responsable, así está el jefe de máquinas, el jefe de cocina etc.

Estos responsables toman sus propias decisiones y no tienen que pedir permiso al capitán a cada decisión que deban tomar, ellos tienen autonomía dentro de su puesto, pero sí que pasarán informes puntuales al capitán y esto no les quita mérito a ellos, sino que todos se esfuerzan por el mejor funcionamiento del barco.

Imagina que surge una gran avería, en la que los mecánicos han usado cierto repuesto que tenían, el capitán tiene que saberlo, para que encargue los repuestos pertinentes cuando lleguen al próximo puerto.

¿Acaso no podría el jefe de mecánicos encargarse de pedir los repuestos? Pues sí, podría, pero aun así tendría que pasarle el informe al capitán, puesto que es el responsable de supervisar todo, y tiene que saber en qué se gasta el dinero. Pero este puesto que desempeña no denigra a ninguno de los demás que están bajo sus órdenes, más bien al contrario, tratará de que todo lo que posiblemente vayan a necesitar lo tengan disponible.

Distribución de tareas y responsabilidades dentro de la familia

Dentro de una familia se debe de actuar del mismo modo, todo será lo más democrático posible, pero ante una crisis de cualquier tipo debe haber un responsable final. Normalmente, este puesto recae sobre el varón, no porque sea hombre, sino porque son más analíticos, frente a las mujeres que somos más emocionales.

Pero recaiga sobre quien recaiga la responsabilidad de cabeza de familia, en situaciones especiales, como puede ser un tratamiento médico grave y prolongado, o la compra de una vivienda o un auto, donde toda la familia, durante un largo periodo de tiempo, tendrá que soportar las consecuencias, es muy recomendable que se busque el consenso al menos entre los cónyuges, y si los hijos son lo suficiente mayores también se tendría que tomar en cuenta su opinión.

De puertas para adentro

Es un reto muy grande educar a niños y niñas como iguales, porque eso supone que los hombres y mujeres que no hemos recibido esa clase de educación, tenemos que aprender a ejercerla nosotros mismos como para dar ejemplo.

Compartir tareas y responsabilidades

Tengo una amiga que se casó bastante mayor, es una mujer muy eficiente, y que trabaja de jornada entera en una empresa. Su esposo también es muy eficiente en su trabajo, pero… y aquí viene el pero, al llegar a casa entraba en la ducha después de lo cual no recogía la ropa que había dejado tirada en el suelo, ni aseaba el baño. A mi amiga le costó meses, y no pocas broncas, que el marido dejase la ropa sucia en el cesto para tal menester y secar luego de la ducha los baldosines y grifería. Otro asunto fue la ropa que no era de poner al cesto de la ropa sucia, como podía ser un traje de vestir, que en vez de colgarlo en la percha, lo dejaba encima de la cama para que su esposa lo colgara. Lo cual ella no hizo nunca, más bien fue paciente para enseñarle cómo debía hacerlo para que la próxima vez lo encontrara en perfecto estado.

Un reto difícil

Esto dicho así parece fácil, pero no lo fue en absoluto, puesto que él había sido criado en una casa donde todas esas cosas las hacían las mujeres. Pero mi amiga tenía claro que quería un compañero, no un amo de su tiempo. Otro tema fue cuando sentados a la mesa a él le apetecía algo, imaginemos que un poco de queso, después de la comida, por lo que le pedía:

– Nena tráeme el queso. -A lo que ella paciente le explicaba: –Para traerte el queso me tengo que levantar de la mesa, puesto que eres tú el que lo quiere, cógelo tú.

Esta situación desencadenaba toda una serie de reproches, sobre quién tenía el trabajo más pesado fuera de casa, quién se levantaba antes y se acostaba después, y toda una retahíla de despropósitos, hasta que al final aprendieron que lo que podía hacer uno solito no tenía que pedírselo al otro.

¿Qué hemos de hacer?

 Queda por lo tanto claro, que tenemos la responsabilidad de educar a nuestros hijos e hijas, desde el amor, con igualdad, para que sean hombres y mujeres autosuficientes y que si a nosotros no se nos ha educado así, tenemos que aprenderlo nosotros solitos, para el bien de las futuras generaciones.

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