Vivencias personales

Malentendidos en el corazón

A mis 66 años de vida ya en varias ocasiones he visto la muerte visitar a las personas que quiero, es en esos días trascendentes que parece que los recuerdos desde la más tierna infancia, afloran sin permiso de nuevo a tus sentidos llenándote el corazón de alegría o de pena según el caso, pero siempre los ojos de lagrimas. Es cuando el acompañamiento a las personas que se enfrentan a la muerte o a las que se enfrentan al duelo se convierte en un privilegio, pues conoces lo que guardan en su corazón. Ojalá pudiéramos llegar a esos mismos recuerdos en otras circunstancias y tener la sabiduría llegado el caso de poder sanar las heridas, esas heridas añejas que tanto daño causan.

LA VISITA A UNA ENFERMA TERMINAL

La muerte de aquella mujer era inminente, seguramente la vida que le quedaba podía contarse en horas, yo la conocía desde siempre, sus hijas me eran queridas, por eso tuve el privilegio de estar unas horas con ella a solas. Estaba bajo el efecto de la morfina y otros medicamentos para paliar su dolor, pero su voluntad férrea y su coraje la asían a una vida ya inútil, postrada en aquella cama de hospital manteniendo una guerra sin tregua, perdida de antemano, contra la muerte. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué la mantenía allí? Me preguntaba yo.

Ella me confundía a ratos con alguna de sus hijas cambiándome el nombre. En realidad dudo que ella fuera consciente de dónde estaba. Para mi estaba como en una especie de limbo evaluando su vida, evaluando esas vivencias que te dejan cicatrices en el corazón, y de repente comenzó hablar no sé muy bien con quién.

últimos momentos recuerdos
Últimos momentos que traen recuerdos

_ Desde niña he sido una desgraciada, siempre tenido que trabajar mucho, siempre he sido pobre.

Yo sabía que aquello era cierto, ella era muy chiquita cuando estalló la guerra civil en España y había vivido muchas experiencias desagradables de niña, pero era una mujer con una voluntad de hierro, con un coraje que rayaba lo sobrehumano, y nunca había agachado la cabeza ante nadie, se casó joven, tuvo hijas, a las que yo amo tanto y a las que educó con su misma bravura, una educación no propia de su tiempo.

Aunque yo no sabía si estaba hablando conmigo, le respondí, para consolarla.

_ Bueno, has sido pobre, pero has dado a tus hijas, todo lo que has podido, no les ha faltado de nada, las has educado bien, son buenas trabajadoras, todas tienen su casa, tú tienes la tuya, has conseguido mucho, en un tiempo muy difícil.

Pero ella no me oía y siguió hablando.

_ Yo tenía que ser rica,  Martina y Ricardo querían que me quedara con ellos, querían que fuera su hija, ellos me enseñaban a tocar el piano, a leer, me sentaban a una gran mesa, brillante y pulida a comer con ellos, pero mi padre no me dejo quedarme.

La mujer siguió hablando algunas veces de manera ininteligible, para quedarse algunos momentos como dormitando y luego retomaba el relato, alguna veces incoherente como palabras dichas así misma.

Recuerdos

Después una de las hermanas de la de la enferma, que vino para atenderla durante unas horas, me explicó que antes de que estallara la guerra civil, su padre había estado de capataz en la finca de unos señores muy ricos, que no podían tener hijos, y como su hermana siempre había sido muy avispada y hermosa los señores quisieron adoptarla pero evidentemente el padre no quiso, por aquel entonces la niña tenía unos 5 años.

Aquella finca estaba en una provincia fuera de, donde el resto de la familia del padre residía y al estallar la guerra, volvieron a casa. Poco podría imaginar aquel hombre, lo difícil que sería a partir de aquel momento la vida para sus hijos, en especial para la niña de cinco años, que toda su vida añoraría un piano.

La vida durante y después de una guerra no es fácil, la mujer a la que tuve el privilegio de acompañar aquellas horas, desde su más tierna infancia, cuando se supone que tenía que estar en el colegio, aprendiendo y jugando, se vio de pronto viviendo una pesadilla. Sus ojitos contemplaron, fusilamientos y ella misma se tuvo que esconder del pelotón de fusilamiento con nueve años. Pasó hambre, no hambre de que se retrase la comida, hambre de no tener que comer. Sufrió insultos, robos…

La guerra es la enfermedad más atroz a la que el hombre se enfrenta y la provoca el propio hombre. ¡Cómo añoraba la pequeña mente infantil, los cuidados de Martina y Ricardo!

Una confesión sorprendente

Después del fallecimiento, estuve con sus hijas un par de veces, lloraban la perdida y se reían recordando ciertas cosas, que eran habituales en su madre y que habían quedado como marcas de identidad de ella. Todo muy normal, pero unos meses después salí con la mayor de ellas.

Fue una de esas salidas sin propósito, sin quedar, simplemente nos vimos los dos matrimonios y decidimos ir al monte a dar un paseo, nunca lo habíamos hecho así, sin premeditación, sin merienda, solo a pasear. Uno de esos paseos en que los maridos, van un gran trecho por delante o por detrás y las esposas hablamos de nada en concreto, del trabajo, de los hijos, de las comidas, de las compras, de nada trascendental, cuando de pronto, sin saber porque, afloro el recuerdo de su madre, no sé muy bien en qué contexto y la escuché decir…

_ Mi madre fue muy mala conmigo, nunca la perdonaré.

Aquellas palabras pronunciadas con tanto rencor, con tanta firmeza, con tanta proyección en el futuro, hacia una persona que ya no estaba entre los vivos, se quedaron suspendidas en mi mente, se quedaron suspendidas a nuestro alrededor, como una burbuja espesa. Mi mente buceó rápidamente, por lo que yo sabía que había sido la relación de aquella mujer amargada, que ahora paseaba conmigo y su madre.

Desde que yo las conocía, o sea desde siempre, ella había sido la hija que más agasajaba a su madre, tenía en cuenta todos los días señalados, cumpleaños, onomásticas, días de la madre. Cada vez que ella celebraba algo en su casa, desde que se casó, su madre tenía un puesto preferente, cuidaba cada antojo que ella tuviera, comprándole zapatos, llevándola a la peluquería, y cualquier regalo que pensara que le pudiera hacer ilusión.

También era cierto que, para su madre ella era la mejor de sus hijas, la más trabajadora, la más hermosa, la más todo y así lo atestiguaban también todos los familiares y amigos. Aquella mujer, era lo mejor que se podía desear como hija. Cierto era que esa mujer amargada, que ahora paseaba conmigo, de niña había llevado muchas golpizas de su madre y golpizas muy severas, pero también era cierto que, ella era una niña rebelde, desobediente, y contestona. 

Nada de lo que sabía de aquella familia que conocía de tantos años, me podía llevar a comprender aquellas rencorosas palabras de mi compañera de paseo. Se hizo un silencio, aplastante, largo, como la mirada de ella, que se levantó de la senda, para mirar hacia el horizonte. Parecía estar abriéndose camino entre espesas y pesadas cortinas que le costaba empujar, pero al fin llegó donde tenía que llegar y dijo, impresionándome con el cambio de voz, que ahora era una voz rota, tierna, temerosa.

_ Mi madre no me quería, me dio en adopción.

Traté de asimilar lo que terminaba de escuchar, vivíamos en un pueblo pequeño, nos conocíamos de toda la vida, cosas así se saben, se comentan.  Las confesiones de su madre en las últimas horas que pase con ella, bailaban de puntillas por mi mente, mientras ahora su hija, me confesaba su mayor dolor, su mayor rencor, mientras su hija hilvanaba su relato.

EL RELATO

_ Siempre fui una carga para ella, se casó estando embarazada de mi, por lo que recibió el rechazo de todos, en aquel tiempo la sociedad era muy intolerante, éramos muy, muy, pobres. Cuando nació mi hermana, yo apenas tenía dos años y unos meses, viajamos al extranjero, era una casa muy bonita, seguramente de algún hombre rico, creo que era un primo de mi padre o algo así. Muchos españoles  salieron del país durante la guerra civil y se asentaron permanentemente en otros países.

El caso es que su intención era dejarme allí, yo era muy pequeña pero sabía lo que iban hacer, y no me separaba de ellos, iba todo el día cogida a la pernera del pantalón de mi padre, por eso cuando me dejaron en los brazos de aquella señora, cuando se marchaban con mi pequeña hermana en brazos de mi madre, comencé a llorar, llamando a mi padre, patalee y patalee, hasta que me deshice de los brazos que me retenían y me agarré a la pierna de mi padre llorando desesperadamente.

Era la imagen de la desesperación

Mientras, mi madre decía que no me mirase, que se deshiciera de mi, pero mi padre no pudo aguantar, llorando me tomo en brazos y nos volvimos todos juntos a España, pero, por ella me hubieran dejado.

Mis palabras como ungüento

A estas alturas del relato, yo ya había entendido las motivaciones de la madre, vistas las circunstancias. Cuando ella era niña, sus padres nunca pudieron darle una educación refinada, como la que le ofrecía Martina y Ricardo. Ahora ellos eran unos padres pobres, sin nada que ofrecer a sus hijas, por lo que decidieron brindarle al menos a una de sus hijas, la opción de criarse en una casa rica, de ser educada como una señorita, de que no le faltase nada de lo que deseara comer, de gozar de una buena vivienda. A la pequeña, durante un par de años, podía alimentarla el pecho de su madre.

Traté de que mis palabras fueran, como el ungüento que usan los masajistas, para que las manos se deslicen sin tropiezos, ya llegaría el momento de encontrar el nudo. Le conté la experiencia de su madre y lo que me dijo su tía, y que su madre lo que había pretendido, era protegerla de la infancia difícil que había tenido.

Guardó silencio mientras yo hablé, un silencio largo después de haber hablado, no detuvo su marcha, no me miró, no lloró, y después de un silencio demasiado largo, su voz profunda, dolida, desamparada, como fantasma que no encuentra el camino que busca, sonó  haciéndome saber que las cicatrices del corazón, no se curan con una conversación y un paseo por el campo, pues dijo:

_ Era muy mala y me quería dejar


Me gustaría saber si tú, también tienes alguna cicatriz en el corazón, de la que te cuesta o te costó desprenderte, puedes contármelo, o decirme qué te ha parecido esta experiencia, en los comentarios o en el correo.


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