memoria
Vivencias personales

¿Qué le pasa a mi memoria?

Recientemente mi esposo y yo conversábamos en son de queja sobre que ya no somos capaces de recordar las cosas más simples, pero somos capaces de recordar vivencias de nuestra infancia. Seguro que a ti también te ha pasado en algún momento. Lo cierto es que todos hemos sufrido lagunas de memoria en algún momento y no tiene porqué preocuparnos, a no ser que sean cosas que hasta hace poco recordabas o sabías hacerlas y de repente no te acuerdes o no sepas hacer algo.

Mi experiencia

Hace unos años en mi familia pasamos una de esas crisis que te atacan por todos los lados. Yo sabía que no estaba bien pero… ¿quiénes estábamos bien con la que nos estaba cayendo? Un día uno de mis hijos me dijo:

– Mamá, vas al médico o vas al médico, porque tú no estás bien.

Entendí que tenía que ver al médico, al menos para no preocuparles y no añadir más leña al fuego. Pero me resultaba raro, ir al médico cuando yo estaba atendiendo mis quehaceres con normalidad. Cierto que, al igual que el resto de mi familia, estábamos pasando por una situación difícil, así que cuando mi doctora me preguntó qué me pasaba, no supe qué decirle y le dije:

¿Y qué le digo a mi doctora?

– Pues que mis hijos me han dicho que venga porque no me ven bien.

Jajaja ahora me doy cuenta, ¡cómo la alertaría una respuesta como esa! Como buen profesional, comenzó a preguntarme qué era lo que mis hijos encontraban mal. Yo comencé a contarle que algunas veces me había perdido yendo a casa, que se me olvidaban las cosas, hasta los nombres de mis nietos, que yo trataba de pensar primero en el mayor, para que así me fuera fácil recordar el nombre de los que venían detrás, pero a veces no lo conseguía. Claro, con el montón de problemas que teníamos era “normal” que la memoria no me funcionara del todo bien.

Me preguntó por el montón de problemas. Le conté la situación por encima.

Para mi, todo normal

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Me preguntó por sí tenía algún dolor.

– Noo, la cabeza, pero lo normal dada la situación, lo que sí tengo es mucho sueño, pero claro, como estoy tan cansada y además estoy perdiendo fuerza, todo me cuesta más esfuerzo.

Jajaja, ¡pobrecita mi doctora! ¡Qué paciencia tuvo conmigo! Y… ¡qué mal estaba yo! Allí, diciendo que había venido por no contradecir a mi familia, que ya teníamos bastante con lo que estábamos bregando y que lo único que me pasaba, era que…

Me dolía la cabeza.

Me perdía.

No recordaba ni el nombre de mis nietos, entre otras muchas cosas.

Me dormía en cualquier sitio sin darme cuenta.

Estaba cansada.

Había perdido fuerza. 

Y a cada cosa, yo le decía, “pero lo normal” Jajaja ¡ángel mío!

Espero que el resto de los pacientes aquel día fueran más coherentes. Total, me hizo una buena tanda de pruebas, me pidió analítica de sangre, de un montón de tubos, y mientras rellenaba las recetas y otros papeles me dijo:

– Te hago un volante urgente para salud mental y otro para el neurólogo.

 “¿¿¿???”

<Abro un paréntesis para decir que en mi localidad a un médico de familia se le asignan tres pacientes cada quince minutos, por lo que podéis imaginar, que aquel día, le retrasé todo el trabajo a mi querida doctora, y que se tiene que tener una cabecita muy despejada para ser tan paciente y tan eficaz como se mostró conmigo.>

El diagnóstico

Bueno ¿y yo? ¿Qué tal? Pues yo, casi tres años de psiquiatra con la que mantuve muy buena relación, y cada tres meses, nos pasábamos un rato charlando. Pruebas de narcolepsia, en casa y en el hospital. Visitas al neurólogo, pruebas de resonancia magnética y diagnóstico de ictus isquémico lacunar. Después del diagnóstico del pequeño infarto cerebral, visitas al psicólogo para pruebas por ver si estaba afectada en mis funciones cognitivas. Gracias a Dios no. Después de todo ese montón de pruebas, se supone que estoy normal.

Pero lo cierto es que, aunque esté dentro de los parámetros de normalidad, no tengo la fuerza que tenía, al hablar no siempre me salen las palabras que quiero, con lo que tengo que pausar hasta que me sale o encuentro una palabra sinónima, y mi marido me dice que no muevo suficiente los brazos cuando ando, que parezco un robot. Pero bueno, lo normal, jajaja.

Bueno, y todo este rollo, ¿para qué qué?

Y todo este rollo para deciros que tener despistes de memoria es normal, igual que en épocas de estrés, que tengamos perdidas puntuales de memoria, pero también es normal que acudamos a nuestro médico de familia y le contemos todas las cosas “normales” que nos pasan, por si él no lo considera tan normal.

GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Les estoy sumamente agradecida, a mis hijos y a mi doctora de familia, de que se dieran cuenta, de que lo que a mí me parecía normal no lo era.

Gracias por vuestra atención, y me gustaría saber sí también vosotros, alguna vez habéis acudido al médico por algo “normal” y cómo se ha resuelto. Cuéntalo aquí abajo o a través del email lolacampa001@gmail.com

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