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Relatos

Momento

Se despertó como cada de día desde hacía muchos años a las 4 de la madrugada. Retemblaba de frío en ese momento. Se acercó un poco más a su compañera, con cuidado de no despertarla, y se ajustó bien la manta y el cubrecama. Bajó su barbilla esperando entrar en calor, pero bien sabía que aquel frío que él sentía en los huesos solo mejoraba con el calor de otro ser humano. Acercó un poco más sus pies a los de ella, con cuidado de no molestar, solo quería un poco de calor que le calmara aquellos escalofríos internos.

Recordó sus años lozanos, cuando para dormir solo usaba calzones y no el abrigado pijama que ahora era su compañero de sueños. Cuando al abrir los ojos por la mañana, si tenía una hermosa mujer a su lado, la abrazaba y la apretaba contra sí hasta que ella, sumisa, se entregaba al juego, para poder seguir durmiendo después, a pesar de ya haberla gozado la noche anterior.

Pero no, no era lo mismo tener 25 o 30 años que los 85 con que contaba en ese momento. Y no es que de vez en cuando no sintiera deseos apremiantes, pero era eso, de vez en cuando. Y aun en esos momentos, no tenía las energías suficientes para satisfacer a una mujer. Tampoco las mujeres que podía gozar después de los 60 eran las prietas jovencitas que se gozaba a los 30, tal vez… si ahora pudiera tener una de aquellas muchachas, pero no, a quién pretendía engañar, si le daba pereza solo pensarlo.

La mujer que yacía a su lado, se removió un poco, parecía comprender la situación. Se dio la vuelta, acercándole sus nalgas, él se acercó un poco más y la rodeo por la cintura. Ella alargó el brazo hacia atrás, comprensiva, dejando caer su mano sobre la cadera de él y siguió durmiendo mientras le trasmitía un poco de calor.

A pesar de que tenía los ojos cerrados, podía verla perfectamente. Aquella cara bondadosa repleta de arrugas de piel tan suave que tenía el tacto de una flor. Aquel pelo largo mayormente formado por gruesas canas que ajustaba con una cinta a su nuca para realizar las tareas. Sus ojos grises. Sus manos arrugadas, manchadas, delgadas, pero vigorosas, con las uñas aún barnizadas de esmalte, que seguramente era el único resquicio que quedaba de su antigua coquetería. Lo mismo que las uñas de sus pies, a pesar de que ya nunca lucían zapatos de salón, los cuales había cambiado por las alpargatas o las botas de campo.

Pero… tenía que reconocerlo, a pesar de sus pantalones tejanos, sus botas de campo, su delantal mientras adecentaba las cuadras de los animales… Aquella mujer tenía más clase y más elegancia de cuantas hubiera conocido nunca, en los grandes hoteles a los que durante muchos años estuvo acostumbrado y, lo más importante, lo comprendía y lo cuidaba.

Trató de recordar cuántas mujeres había gozado en su vida, pero no era capaz de hacerlo. Algunas apenas habían sido compañeras de una noche, después de algún momento de celebración, en el que se había bebido demasiado champán… Otras habían intentado algo más, pero resultaron demasiado pedigüeñas, incapaces de comprender que las grandes fiestas en buenos hoteles eran cosas especiales, y que para gastar dinero primero se tiene que generar.

Después llegó la que fue la madre de sus cinco hijos. Esta fue la que le ayudó a generar dinero, supo aconsejarle a tener la empresa por un lado y las propiedades privadas por otro. Además, a nombre de ella para, en caso de que las cosas fueran mal, no lo perdieran todo. Le dio cinco hijos a los que educó como señoritos, como si el dinero simplemente apareciese de la noche a la mañana. Buenos colegios de pago, de jóvenes buenos coches, ropa de marca, tarjeta de crédito y todo lo que pudieran desear. Claro está, él no se ocupaba de esas cosas, él tenía que atender el negocio y de los hijos ella se encargaba.

Fue el golpe más duro que había sufrido en su vida hasta el momento. Y no es que dentro de una empresa no se tenga que lidiar con problemas difíciles, pero cuando lo llamaron para comunicarle que su primogénito había muerto en un accidente de tráfico por conducir ebrio, y que se había llevado por delante a otras dos personas… No supo reaccionar y se hundió en una depresión, de la cual se vio forzado a salir cuando el tercer de sus hijos ingresó en un centro de recuperación de drogodependientes. En ese momento comprendió que tenía que ocuparse de los vivos, ya que su dolor no podía devolverle al muerto. Pero después de varias estancias en el centro y de varias recaídas, finalmente una sobredosis se llevó al tercero, justo al tiempo en que a su esposa le diagnosticaron un cáncer de pecho.

En ese momento comprendió que tenía que ocuparse de los vivos, ya que su dolor no podía devolverle al muerto.

Ella siempre le reprochó que había desarrollado el cáncer por el dolor que le habían producido sus infidelidades, que nunca se ocupó de sus hijos y por eso había pasado lo que había pasado. Años y más años duró la fea enfermedad y costaba mucho dinero. Mientras tanto, las dos niñas ya se casaron y vivían a cientos de kilómetros de ellos. Por su parte, el hijo mediano se fue a China a trabajar en una importante compañía y apenas de vez en cuando tenían noticias de él.

Finalmente, llegó el momento en que su negocio entró en bancarrota. Su mujer pidió el divorcio, quedándose evidentemente con todas las propiedades a su nombre y pidiéndole su parte de lo que aún podía valer la empresa. Y ese fue el fin de la etapa más larga de su vida.

Estaba solo, dolido, arruinado, cuando la mujer que ahora yacía a su lado llegó a su vida. Hacía ya ocho años de eso. La suya era una historia parecida de sufrimientos para criar a los hijos. Se quedó con él. Trabajó desde el primer día en las cuadras y mantenía la casa. A él, que siempre había sido muy generoso con las mujeres, le dolía no haber podido regalarle nunca ninguna joya, ni tan siquiera de bisutería. Con su pequeña pensión no podía ni mantener la finca, por lo que aún trataba de hacer algún pequeño negocio. Sin embargo, todo había cambiado tanto en formas y maneras, que todo le resultaba difícil.

momento

De repente volvió a sentir frío. Abrió los ojos y ella ya no estaba en la cama, pero hasta la habitación llegaba el aroma del café recién hecho. Se levantó y después de pasar por el baño se dirigió en pijama a la cocina. La mesa estaba preparada para su desayuno, mientras que ella, sosteniendo una taza de café, miraba los arbustos del jardín caídos bajo el peso de la helada de la noche. Sus largas canas caían sobre su espalda como armoniosas olas de una mar cenicienta. Se acercó a ella por su espalda al tiempo que le decía:

– Buenos días…

Ella se volvió. Él la rodeo por la cintura, lo que la obligó a dejar la taza de café sobre el banco de la cocina para aceptar su abrazo. Se miraron, caras repletas de arrugas, ojos serenos, miradas llenas de paz y de confianza. Ocho años hacía que estaban juntos y nunca se lo había dicho, pero ahora, en ese preciso momento, ella se lo merecía, no podía callarlo más tiempo. Se miraron a los ojos y musitó:

– Te quiero.

Ella apoyó su cabeza en el pecho de su amado y fue un momento mágico.


* Este relato está basado en hechos reales

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